O vello almacén de sal do Alfunil.

Alfunil, Alfunil…

Así lle chamamos en Pantín ás terras onde desemboca o río Forcadas.

Alfunil é unha deformación da palabra árabe “alfolí” que quere dicir almacén de sal e é, ademais, a palabra que se utilizaba antigamente para referirse a estes almacéns.

Pois efectivamente existe un alfolí alí, ou mais ben as súas ruínas.
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Atópase na marxe esquerda do río Forcadas, en terras pantinexas, próximo á súa desembocadura a carón do monte Burneira na praia de Vilarrube, na ría de Cedeira.

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Neste río navegaban “galeóns” pero non pensemos neses galeóns enormes portadores de tesouros, algúns afundidos nas nosas rías, senón en barcazas mais modestas que se utilizaban nas  rías para cargar materiais en barcos mais grandes, ou simplemente transportalos en curtas distancias e tamén eran empregados como barcas de pesca.

Río Forcadas ó seu paso por diante do alfolí, pouco antes de desembocar na ría de Cedeira.

Nesta zona en concreto foron moi empregados para cargar o toxo que se levaba en grandes cantidades para os fornos da cidade da Coruña.

Para ver como eran estes galeóns, podémonos dar unha idea aquí.

No ano 1566 había 20 alfolíes no litoral galego, que estaban en: Ribadeo, Viveiro, Ferrol, Pontedeume, Betanzos, A Coruña, Corcubión, Muros, Noia, Pobra do Deán, Padrón, Vilagarcía, Cambados, Pontevedra, Redondela, Vigo, Baiona, A Garda e Tui, que eran os únicos autorizados para gardar e vender o sal pola Coroa.
Pero como o sal era un ben moi demandado na época (pensemos que a conserva en salazón era a principal nestos momentos) co fin de aliviar a situación das actividades pesqueiras creouse algún máis en Ortigueira, Cedeira, Ares, Muxía, Cangas e Bouzas.

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Non sei se este alfolí pantinexo é desa época ou posterior, pero podería corresponderse co que no listado ven nomeado como o de Cedeira.
Aínda que Pantín pertence hoxe en día ó concello de Valdoviño, este concello foi creado no ano 1836 con parroquias de Trasancos e de Cedeira.
Pantín (e tamén Vilarrube, Loira e Vilaboa) pertencian antes ó concello de Cedeira.

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Xa non conserva o tellado, pero vese que no seu día foi de tella.

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O sal déuse en chamar algunha vez o “ouro branco” pois era un ben tan apreciado que xeraba grandes conflictos ó seu redor. Para quen esté interesado en profundizar algo máis no tema, transcribo unha parte que trata sobre o sal do libro “Diccionario de Hacienda con aplicación a España” de Don José Canga Argüelles. 1834. Algo longo, pero moi interesante.

SALINAS (RENTA DE). Consiste en la explotación, fabricación y venta exclusiva de las sales hechas por la hacienda. Aunque el Sr. D. Alfonso X y el Sr. D. Felipe II han declarado las salinas de España propiedad de la corona; sin embargo, fuese por un resto de las ideas generosas de nuestros mayores, ó por la transcendencia que en el bien público tenía el estanco de una sustancia tan abundante en la península; las cortes y su diputación conservaron el derecho de fijar el precio, hasta , que casi en nuestros días se anuló esta facultad, pasando a la superintendencia general de rentas, la cual aumentó la cuota, con pretexto de mantener los regimientos de milicina, de componer los caminos, de amortizar las deudas del estado y de socorrer las necesidades extraordinarias de la corona.
El método establecido en la antigüedad para el gobierno de esta renta se reducía, al establecimiento de varias fábricas de sales, desde dónde se pasaba la sal a unos almacenes, que aun hoy conservan el nombre arábigo de alfolíes; de donde se sacaban los pueblos la cantidad que se les señalaba. Método que excitó las quejas de los contribuyentes, los cuales solicitaron, sin fruto, en las cortes de Medina de 1318, de alcalá de Henares de 1345, y de Valladolid de 1351 “que como fuera usado traerla de otras partes fasta allí, que pasara ansí: que se mandasen quitar los alfolíes, ó que comiesen sal donde la pudiesen haber, é que S. M. diese licencia a los mercaderes para qu ela vayan á comprar á otras partes la sal que hobiesen menester para su mantenimiento, para cortar los grandes daños que rescebían los conceios de las villas é logares de las marinas de Castilla é de Leon, de Galicia é de Asturias, por la gran mengua de sal que hobieron é han“.
A pesar de estas demostraciones, continuó el estanco de la sal, habiéndose agravado los perjuicios económicos que causa esta renta, con las ordenanzas sancionadas para su manejo, las cuales han llegado hasta nosotros. Según ellas, solo la hacienda puede sacar sal de los pozos y minas; a los particulares se les prohibe abastecerse en tiendas distintas de las del rey é introducirla para su consumo de reinos extranjeros, pena de confiscación de ella, de los carros, bagages y embarcaciones, y de pasar a presidio si es noble el reo, y a galeras si villano, con extensión de la pena á cuantos le hubieren dado favor y auxilio.
Está prohibido el uso de las aguas salobres y de los mineros que la hacienda abandona, bajo pena de multa y presidio, por más ó menos cantidad y años, según la reincidencia, extensiva á los que compraren sal de contrabando, ó robaren en las salinas ó alfolíes reales.
En las causas de fraude de sal, están autorizados los indicios, las congeturas, las presunciones, y las pruebas privilegiadas; pudiendo los dependientes, con prueba semiplena, registrar las casas, las iglesias y los conventos.
La astucia de los directores de este ramo de hacienda, exclusivamente atentos á hacerle prductivo, sin miramiento á otras relaciones; no contenta con haber prohibido que unos partidos abasteciesen á los pueblos comprendidos en otros, ha logrado convertir en una capitación esta renta, obligando á los pueblos distantes 10 leguas de la frontera de mar y tierra, y 5 de los minerales y lagunas saladas, á sacar cada año de los alfolíes reales, la cantidad de sal que calculan sus dependientes, á razón de media fanega por cada vecino, una cuartilla por yunta, y una fanega por cada 100 cabezas.
De estas disposiciones legales resulta, que el sacrificio pecuniario que el erario exige á los habitantes por el surtido de una sustancia de tan preciso consumo, está en una enorme desproporción con el número de vecinos y ganados, y con la pesquería de las provincias. León acude con 2.484,016 rs; con 736,761 Palencia; con 3.853,499 Extremadura; y con 8.831,159 Cataluña, cuando la respectiva población es como 11, á 42, á 60, y á 85, y la ganadería como 30, á 247, á 73, y á 54. Es decir, que teniendo Leon una población seis veces mayor que Palencia, y doble número de ganados, el importe de la contribución de sal en esta, es solamente dos terceras partes menor que en aquella.
Finalmente, siendo el precio medio de cada fanega de sal en las salinas de España el de 5 rs. vn, se vende por las instrucciónes de la renta, al pie de fábrica, a 11 rs. en Galicia, Asturias y Montañas; á 17 rs. en Castilla la Vieja; y a 22 en Extremadura, Andalucía, Murcia, Valencia, Aragón y Cataluña.
Además, pagan los pueblos los gastos de fabricación, y los de conducción cuando se compra la sal en los alfolíes: 2 rs. en fanega para los regimientos de milicias: 4 rs por un sobreprecio extraordinario: en Galicia 52 mrs, y en Asturias 2 rs. para sus caminos; y 2 rs en todo el reino para la composicion de estos.
A los pescadores se les dá a 10 rs. y á los extranjeros a 2 rs. y 17 mrs.
Por manera que un género que elaborado en Castilla la Vieja por mano de los dependientes de hacienda, cuesta á 3 rs. y 30 mrs. la fanega, se vende al consumidor a 29; que es casi á un precio ocho veces mayor. El aragonés, que le puede tener a 2 rs, y 30 mrs., le paga á 33; y el asturiano y gallego, que pudieran proveerse á poco más de 3 rs, lo consumen á 31 por los recargos á que provocan la naturaleza del género y el estanco.

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Bibliografía:

Diccionario de Hacienda aplicada a España. Tomo II. Don José Canga Argüelles. 1834.

El litoral gallego y el abastecimiento de sal a mediados del s. XVI  Victor Manuel Castiñeira Castro. 1999.